¿Sueñan las hormigas con conciertos de metal?

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La semana ha sido tan pesada como la mochila de un niño de primaria que lleva libros aburridos en cantidades groseras para alguien en pleno crecimiento, con la esperanza perdida de quedarse dormido otro ratito en la mañana para ver las caricaturas o desayunar algo más elaborado que unas palomitas en el recreo. La añoranza por la sencillez de aquellos tiempos llega como un chispazo que me devuelve a la realidad, despierto en la combi que me lleva de regreso a casa después de la universidad.

Pareciera que la vida es como un videojuego en el que vas subiendo de nivel, sin que te avisen que la dificultad aumenta de fácil a difícil, no hay puntos medios, y con retos (honestamente) poco divertidos. A estas alturas, los jefes finales de los niveles tienen nombres curiosos, como “Constancia de situación fiscal”, “Capacitación en el trabajo”, “Liberación de servicio social” y “cita con el dermatólogo el lunes a las 3 pm, nombres que se apilan como piezas de tetris que no encajan.

En el trayecto de la combi, esos Final Bosses cercan mis pensamientos como un pozo sin fondo en el que la oscuridad gana terreno a cada paso. Afortunadamente, hoy es viernes e iré al concierto de una de mis bandas favoritas. Incluso los pozos más profundos tienen entradas de luz esporádicas que se agradecen. 

Eso es hasta el anochecer, de momento salgo de la combi y me dirijo a otro camión. Cambio una vagoneta compacta, elegante, rápida, de color blanco con la leyenda: Región Naucalpan, por otra más lenta y grande, de color morado, que porta con orgullo las iniciales CDMX, mismas que, se encuentran cubiertas por una capa de mugre espolvoreada, signo de la contaminación evidente, cuya importancia nos habla de las embarcaciones diarias de este buque violáceo, que atraca en un puerto en el que venden paletas de hielo a diez pesos, frente a un muro que anuncia: Jo Jo Jorge Falcón en el foro cultural Azcapotzalco tal día…

Cruzar fronteras (aunque sean estatales) se convierte en una experiencia cotidiana a la que te acostumbras, como una hormiga que sigue a sus compañeras de enfrente mientras llevan trocitos de comida a sus espaldas todos los días, en un trayecto aparentemente definido que remarca su insignificancia. 

Salir de casa para emprender la ida a un concierto implica preparativos propios del apocalipsis. Las reglas son claras: no se permiten paraguas, objetos que obstruyan la vista, alimentos, mochilas de ciertas dimensiones, ni cámaras fotográficas. Debes llevar lo mínimo indispensable para transitar una ciudad en la que se pone a prueba la capacidad de supervivencia, de tal forma que no lleves mucha carga para moverte entre el mar de personas y que no te atoren en la entrada al recinto. 

Con ello en mente llevo una cangurera parecida a la de los rateros de mi colonia, guerrilleros conocidos, forajidos de caballos motorizados con la mochila cruzada al pecho para permitir un  mejor movimiento. Dentro de mi morral no hay armas, pero sí una bolsa de plástico enorme en forma de cobija para protegerme de la lluvia, puesto que el cielo está nublado y los paraguas no están permitidos, así como las llaves de mi casa, dinero, dulces y el boleto de entrada. Una vez que cruzo la puerta comienza la aventura.

Destino: Circo Volador, un nombre que da señas de antigüedad y que invita a la ensoñación. Al ver la distancia por recorrer en mi celular me doy cuenta de que no está tan lejos, pero tampoco es que sea en la esquina más cercana. Llegar ahí implica tomar un microbús, camiones verdes en los que las personas se juntan como sardinas y donde imploras que bajen pronto para poder respirar o tomar un asiento que sirva de resguardo ante el traqueteo constante. 

Estas cosas crujen como una lavadora vieja a la que le cuesta sacar la carga, puedes escuchar el sonido del metal repiqueteando una y otra vez contra sí mismo, como si el transporte se aferrara a una vida que caducó hace mucho y que el conductor maneja con la pericia de un cirujano punk. La palanca de cambios entra con fuerza y pareciera que va a quebrarse con cada movimiento. 

Dentro de la unidad las personas vienen de pie y sentadas, me tocó ser uno de esos pocos privilegiados con refugio para el trasero y alivio para las piernas.  Aquí los olores se mezclan en un cóctel brumoso de humedad, desodorante, chicle de menta, sudor y el metal de los tubos, en los que por accidente puedes rozar la mano de un desconocido, convirtiendo la superficie en un punto de encuentro romántico algo apretado. 

En este mosaico de sensaciones observó a un señor que estornuda sin taparse la boca, quien se lleva la mano a la nariz y restriega sus fluidos en el asiento que compartimos. El cielo se nubla cada vez más, veo que el conductor pasa con el checador y realizan un negocio codificado. Con todo ello consigo dormir un rato antes de llegar al metro. 

Un viaje de veinte minutos se convirtió en uno de casi cuarenta por las hordas de coches que atascan las avenidas como cuello de botella. Salgo de unas arenas movedizas para entrar a otras, sólo que ahora bajo tierra, en las entrañas de la bestia indomable de color naranja. 

En estas catacumbas los embotellamientos no son de coches, sino de personas, la diferencia es que aquí puedes chocar a los demás sin ningún remordimiento porque la limusina naranja es caprichosa con el tiempo, si no hay suicidios, fallas en el servicio o algún imprevisto digno de la ficción más alocada, ten por seguro que llegas sin retrasos, pero, incluso así, hace falta dar los codazos adecuados para salir. El letrero de no corro, no grito y no empujo, enmarcado en las esquinas de las escuelas, aquí se vuelve completamente inútil porque la realidad siempre supera la ficción. 

No soy muy fanático de los Mosh Pits en los conciertos de metal, luego la raza se pone muy eriza y sacan sus frustraciones como si se tratara de una sesión de terapia en la que se permiten los madrazos. Intentar salir de los vagones se convierte en una experiencia similar, pero aquí la señal para empezar el desmadre no es el breakdown de la canción, sino ese familiar chiflido que hace la bestia al abrir sus puertas para expulsar a las personas de sus adentros.

Sales de los vagones con esencias extrañas en tu ser, apretando todo para evitar que los amantes de lo ajeno te quiten algo y es como un bautizo improvisado en el que la ciudad sirve de iglesia, en donde pasamos a ser hijos de la urbe, sólo que sudados, enojados y con el tiempo encima. 

Este renacimiento conlleva entender las artes oscuras del transbordo (ir de una línea del metro a otra siguiendo los colores). Aquí es donde te haces uno con la cripta para no perderte, creces de forma apresurada para aprender a moverte por lo indescifrable y en el que la salida del calabozo cuenta con la leyenda: La Viga.

De vuelta a la superficie siento las gotas de lluvia, no las suficientes como para verme obligado a  sacar la bolsa de plástico en forma de cobija para taparme. Camino unos pasos, la frescura del exterior me devuelve a la vida después de la odisea en el transporte y sigo a la procesión de camisetas negras que salen a la par de la estación.

El Circo Volador es un engaño a la imaginación, se trata de un edificio gris con negro adornado con imágenes surrealistas que le dan un poco más de sentido a su nombre. 

A un costado, lo primero que advierto ver es el mural de una criatura parecida a la cruza de una nave espacial con un pez, que agarra a lo que parece ser un Quetzalcóatl aterrado. Sus colores son los mismos que los del arcoíris y debajo hay grafitis menos ingeniosos. Dicho arcoíris recorre parte del edificio hasta el frente, donde se difumina para mostrar la portada del álbum de Pink Floyd: The Dark Side of the Moon

La estructura del lugar cuenta con metales oxidados y una fachada que, de no ser por los puestos que la rodean y la fila que acordona la entrada, podría pensarse que se trata de un edificio abandonado, pero no hay nada más alejado de la realidad.

En el filtro de seguridad paso con uno de los guardias para el chequeo de rutina. Sus manos pasan por mi cuerpo y me siento como fruta de mercado manoseada, a la espera de pasar la prueba para ver si soy digno de entrar a la bolsa del mandado. Todo parece en orden, me pide que abra mi mochila y alcanza a ver un chocolate. En mis pensamientos me resigno a la idea de que tendré que deshacerme de él, pero este compa se ve buena onda y sólo se limita a decir —Pásale, nomás no lo saques adentro carnal—. Después del concierto ese chocolate acabó derretido en mi mochila. 

El interior no se diferencia mucho del exterior. Paredes agrietadas, manchas de humedad en el techo, asientos olvidados de rojo carmesí apagado.

Me quedé cerca de una pared sabiendo que mis piernas sufrirían todo el dolor que evitaron en el transporte con tal de ver el escenario, así que me aseguré de tener un respaldo de emergencia para doblar las piernas. Desde mi posición podía ver el arribo constante de gente, auténticos desconocidos con quienes sentía una extraña familiaridad por compartir el gusto por una banda y género en común, una de las sensaciones más bonitas y peculiares al saber que hay otras personas con las que puedes identificarte, como si existiera un intercambio de miradas invisible en el que conectas para dar paso a un canto que resuena al unísono. 

Con el lugar casi lleno, la música sale al escenario, similar a cuando ves a la persona que te gusta, escuchas el sonido de su voz convertido en una melodía que te llega al corazón para ponerte la piel chinita. Te hace vibrar como un shock eléctrico que te regresa a la vida. Aquí las voces se asemejan a chillidos de puerco por los guturales que inundan el Circo a través de las bocinas y este mar de hormigas negras se entrega a los sueños de una vida que pareciera insignificante.

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